
Ah, ese vicio del ser humano de compararlo todo. Los fibers se debatían anoche ante la siguiente cuestión: ¿mejor Arctic Monkeys anoche, o el viernes los Strokes? Difícil determinar un ganador. Si entramos en el juego, igual los que se alzan con la victoria final de este FIB 2011 son los que cierran hoy el festival, Arcade Fire. Pero esa historia todavía está por escribir. La actuación de Arctic Monkeys congregó en el escenario grande (Maravillas) al mayor número de gente de las tres jornadas, unas 50.000 personas. La excitación era sofocante cuando Alex Turner, cazadora de cuero ochentera (igual que la del día anterior de Julian Casablancas, pero en azul), salió al escenario con su peinado descuidadamente estudiado. Un tema de su último álbum, Library pictures, abrió la actuación.
La sensación que ofrece el grupo inglés es la de ser una banda de rock and roll alejada de nichos absurdos. Estábamos en Benicàssim, pero bien podría ser Azkena, Primavera Sound o Low Cost. Su música no entiende de sectarismo, y eso sólo puede ser una gran noticia. El sonido era tan bueno como el de ayer de los Strokes. Hasta ahora el FIB está demostrando que nos pasamos el año asistiendo a conciertos en salas donde lo que sale por los amplificadores no merece el dinero que pagamos.
Básicamente en Arctic Monkeys llevan el peso del grupo el batería, Matt Helders, que por cierto llevaba su instrumento forrado con la bandera inglesa; y por supuesto Alex Turner. El primero es el artífice de los sorpresivos y violentos cambios de ritmo; el segundo es dios en este grupo. El bajista y el otro guitarra pasan tan desapercibidos que llega un momento en el que te olvidas de ellos. Si tocaran desde el backstage no pasaría nada.
La segunda canción fue Brianstorm; luego cayó This house is a circus. El ritmo no es que fuese rápido: se optó por la velocidad máxima, canciones a la yugular, temas de poco más de dos minutos. Llegó el turno de otra gran pieza de su último álbum, Don’t sit down ‘cause I’ve moved your chair (que traducida al español podría ser Quien se fue a Sevilla perdió su silla). El grupo sonaba de maravilla, con esa cortante voz de Turner, saturada por el callejero acento de Sheffield.
Teddy picker agitó a la gente; con el casi heavy Brick by brick el público se desgañitó. Pero lo que convirtió el festival en un manicomio fueron dos de las mejores piezas de su primer disco, The view from the afternoon y I bet you look good on the dancefloor. Alex Turner, aún un chaval (25 años), apunta a ser el nuevo Paul Weller, pero habrá que esperar. Desde luego todavía debe encontrar la forma de conectar más con el público. Ya tiene una docena de canciones irresistibles: el día que consiga soltarse más en el escenario, sentirse poderoso y dominador, estaremos hablando de algo muy grande.
El concierto fue claramente de más a menos. El grupo ofreció una hora excelente, pero se fue desinflando en la recta final. De las seis últimas canciones tan sólo When the sun goes down alcanzó la categoría de imprescindible. Al contrario de lo que ocurrió el día anterior con los Strokes, que hicieron buenos sus temas más flojos, los Arctic bajan el nivel cuando afrontan su material menos excelso. Y equivocaron claramente en el cierre del recital, con una ramplona 505. Fue una pena que el grupo se olvidara de poner un buen colofón a su gran concierto.
Fuente: http://www.rollingstone.es



















